sábado 26 de diciembre de 2009

Los olvidados (II)

Viernes. Año 1966. Una sintonía paralizaba el país entero. El crujido de una puerta al abrirse, un grito, de nuevo el crujido y la puerta se cierra de golpe… Me estoy refiriendo a Historias para no dormir, la serie más significativa cuando hablamos de terror o fantástico en la televisión española.


Narciso Ibáñez Serrador, gran cineasta, genial contador de historias y uno de los más listos realizadores de la historia de la televisión en España dio vida a esta serie, intentando (y consiguiendo) que el miedo se alojase en los hogares españoles mediante cuentos tradicionales de terror o historias escritas por él mismo (bajo el seudónimo de Luis Peñafiel). Era una España difícil y todavía nadie se había atrevido a tocar este tipo de historias. Era la primera vez que la ciencia ficción, el terror, el misterio, el suspense, etc., tenían lugar en las pantallas de Televisión Española. Las emisiones se convirtieron en un verdadero fenómeno.

Las cartas, a favor y en contra de la serie, inundaban los despachos de Televisión Española. No dejaba indiferente a nadie. El propio Ibañez Serrador, en la introducción de sus capítulos, aprovechaba para comentar las cartas que le pedían que no asustase tanto con sus historias o incluso los que pedían más terror... y se reía con ellas. Unas presentaciones en las que siempre intentaba hacer un gag, contar un chiste al más puro estilo Alfred Hitchcock en su famosa serie. Ibáñez Serrador siempre reconoció la influencia del maestro del suspense y defendía sus presentaciones con argumentos tan sabios como el siguiente:

"El secreto está en que el suspense o el terror se deslizan por una linea muy fina y puedes caer de uno u otro lado. De un lado, tremendo, es que aburras; del otro lado, más tremendo todavía, es que se rían. Ese es el motivo por el que en las presentaciones siempre me las ingeniaba para crear un gag porque siempre he preferido que se rían de mi que no de lo que hago".

Recuerdo con especial cariño capítulos como La promesa, La zarpa -sobre la que ruedan varias leyendas, como la de la pareja de ancianos que murió de miedo viéndola o los que vieron -imaginaron- la terrorífica cara de un "zombie" que Ibáñez Serrador siempre mantuvo fuera de campo- o El cuervo, biografía-homenaje a Edgar Allan Poe, fuente de inspiración de muchas de sus historias.


De entre todos los grandes actores que colaboraron en la serie no podemos pasar por alto otro grande del fantaterror español: Narciso Ibáñez Menta. Padre del creador de la serie, encarnaba como nadie los complejos personajes que su hijo escribía para él. Son memorables sus interpretaciones en El trapero, El último reloj o El televisor, pieza clave del terror español, rodada fuera del contexto de la serie en los años 70, en la que interpreta a un hombre que consigue cumplir el sueño de comprarse un televisor en color, pero desconoce las consecuencias que le va a provocar en su vida.


Entre historia e historia, Ibáñez Menta nos regaló dos largometrajes. El primero de ellos, La residencia, muy en la linea de sus trabajos para televisión aunque, en mi opinión, bastante más flojo; y ¿Quién puede matar a un niño? una indiscutible obra maestra del terror, incomprendida y arriesgada, que trata de crear una terrorífica atmósfera siempre con la luz del día y con unos desagradables niños como protagonistas.


En 2005 se intentó relanzar la idea mediante una serie de TV Movies tituladas Películas para no dormir, en las que participaron directores de la talla de Álex de la Iglesia, Enrique Urbizu o el propio Ibáñez Serrador, recuperando la esencia de las clásicas Historias para no dormir y demostrando que la vieja fórmula sigue vigente.

De una forma u otra, es evidente que esta serie ha influido a generaciones posteriores y cineastas como Álex de la Iglesia, Jaume Balagueró o Paco Plaza reconocen en Ibáñez Serrador a un verdadero maestro del terror, un nombre que todos conocemos pero del que muy pocos conocen bien su obra. Una figura que, a menudo, sigue pidiendo una reivindicación.

sábado 5 de diciembre de 2009

Los olvidados

El lunes falleció Paul Naschy, uno de los nombres más importantes cuando hablamos de fantaterror español. Naschy fue guionista, director y actor de numerosos títulos que pasarán a la historia del cine español. Ayer, viernes, llegué a casa con la esperanza de que el programa Versión Española de TVE, del mismo modo que hizo con Fernán-Gómez o López Vázquez, le dedicase un homenaje al gran actor que se nos acababa de ir, pero no fue así. Y me sentí molesto.



Me parece vergonzoso que se ningunee el fantaterror, en general, y el español, en particular, de la forma que los eruditos del cine se empeñan en hacer. En España, por fortuna, existe una gran tradición de cine fantástico ya desde los inicios del cine, pero parece que se quiere ocultar. Es como si esos títulos puediesen hacer daño a las producciones comprometidas con la sociedad que tan de moda están entre los nuevos y modernillos directores españoles.



No voy a repasar la historia del fantástico español porque sería muy extenso y para eso ya están los textos de gente como Jesús Palacios, José Manuel Serrano Cueto o Jordi Costa que, por fortuna, siguen defendiendo lo que yo, desde la humildad, voy a intentar reivindicar.


Me parece indignante cuando encuentro en portales extranjeros de venta de DVDs las películas de Jess Franco, Amando de Ossorio, Piquer Simón o del propio Paul Naschy en ediciones de lujo, remasterizadas, cuando en España ni siquiera las tenemos editadas o, en el mejor de los casos, las tenemos pasadas de un viejo VHS.



Me duele que se renuncie a una parte fundamental de la historia del cine. Películas realizadas con mucho esfuerzo y poco presupuesto que conseguieron muchos más logros de los que un buen número de títulos que ahora mismo encontramos en cartelera van a conseguir.

Parece que para hacer las paces con los seguidores de este tipo de cine se conceden Goyas honórificos (como el del año pasado a Jess Franco) o Oscars especiales (como el de este año a Roger Corman) pero siempre como si estuviesen diciendo "pobrecillos, que se hartaron de trabajar" pero nunca valorando el verdadero trabajo que hicieron.




Y es que si ya cuesta encontrar a alguien que conozca a Roger Corman imagínense lo que cuesta encontrar a alguien que sepa quien es Jorge Grau.

Con esta nueva vuelta al blog intentaré que durante las próximas semanas, los pocos lectores que tengo, puedan compartir conmigo la pasión por los grandes nombres del cine fantástico y de terror español.




Esto sólo es una introducción, una de mis habituales rabietas. La semana que viene más.

viernes 9 de octubre de 2009

Crónica del 57º Festival Internacional de Cine de San Sebastián III

Tercer día en Donostia. A primera hora tocó una de las sorpresas del festival: Yo, también. Sin ser una gran película resultó ser mucho mejor de lo que me podía esperar. De hecho, no esperaba mucho de esta cinta dirigida por dos noveles y sobre un tema con tantos peligros como es el sindrome de down. Pensaba que caerían en lo fácil y sin embargo, respetando lo delicado del tema, Álvaro Pastor y Antonio Naharro no sólo sobreviven el intento sino que sacan una película con un transfondo crítico, de veracidad, sin caer en esos lugares comunes que te conducen a la lágrima fácil. Con unas interpretaciones de gran nivel (recordemos que su dúo protagonista salieron de Donostia con la Concha de Plata a mejor interpretación masculina y femenina) consiguen que me crea la historia e incluso me interese por algunos de los asuntos que sacan a la palestra. Si es eso lo que pretendían, ¡enhorabuena! Quizá sobran algunas subtramas, algunas frases, algunas situaciones, pero se les perdona si se valora la película en su globalidad.

Por la tarde nos acercamos a la otra película uruguaya a concurso: El cuarto de Leo. Para muchos fue inferior a Gigante pero a mi me dejó mejor sabor de boca. Tras su visionado piensas que le falta algo, quizás otro ritmo o quizás que no se quede a medias tintas entre una trama dramática y otra cómica que no terminan de cuajar bien la una con la otra. Correcta, sin más.


El día terminó aquí ya que tuvimos que prepararnos para la gala de la noche, en la que se le entregaba el premio Donostia a Sir Ian Mckellen. El acto fue emotivo: se abrió con un gran discurso de Josep Maria Pou, seguido de un video que nos descubría a un actor más allá de Gandalf o Magneto (imprescindible ver cualquier film de Mckellen en versión original, (re)descubrirán a un grande). Cuando salió a recibir su premio los aplausos salían solos..
Cuarto día en Donostia. Madrugué para ver una película con polémica: La mujer sin piano, de Javier Rebollo. Mientras algunos le abucheaban cuando recogía su premio a la mejor dirección yo me alegraba de que el festival se atreviese a premiar a alguien que no ha hecho una película dentro de los cánones. Rebollo ha firmado una película personal, dicho de otro modo, ha hecho lo que le ha salido de las pelotas y se enorgullece de ello. La mujer sin piano se acerca a lo que hace Jarmusch o lo que filma Kiarostami y puede resultar aburrido para aquellos que se acerquen con una mirada clásica al cine. La película cuenta como Rosa, una mujer madura y aburrida de la rutina (bien interpretada por Carmen Machi en un cambio de registro radical), se marcha de casa dejando a su marido en la cama para pasarse la noche dando tumbos, encontrándose con situaciones de lo más variopinto. Una vez más hay que dejarse llevar más por las sensaciones que por la narración. Aun así hay verosimilitud, hay lógica, hay mensaje... siempre y cuando se le busque. Sólo les daré un dato para que se hagan a la idea de la película que van a ver si se acercan a La mujer sin piano: este mes es portada de Cahiers du Cinèma.


La mayor decepción del festival llegó esa misma tarde con Los condenados, de Isaki Lacuesta. Un interesantísimo director forjado en el campo del documental (o del híbrido entre ficción-no ficción que tantos debates abre) presentó una película muy (muchísimo) por debajo de las espectativas que había creado. Es su primera incursión en el campo de la ficción pura y cuenta la historia de unos ex guerrilleros que buscan el cuerpo de un antiguo compañero enterrado en alguna parte de una mastodóntica selva. Sin localizar la acción en ninguna parte, Lacuesta deja que la historia ocurra en el lugar que nuestra imaginación (o nuestro corazón) quiera, conviriténdola así (quizás) en una historia más internacional y al gusto (o sentimientos) de cada uno. Pero pincha y hace aguas por todos lados. Igual que en otras películas ya comentadas, en Los Condenados están pasando muchas cosas sin que, al menos a primera vista, pase nada. Pero en ésta el intento se queda a la mitad y a un servidor no llegó a calarle demasiado hondo. Lo que me sorprendió fue escuchar los comentarios negativos de los críticos a la salida de la sala y después ver que ellos mismos le concenden el premio FIPRESCI. Un misterio...



Último día en Donostia. Tras preparar maletas y dejar a punto el coche para nuestra vuelta, nos acercamos a ver nuestra última película en el festival: The imaginarium of Dr. Parnassus. Necesito advertir que soy un seguidor de Terry Gilliam y me gusta casi todo lo que dirige antes de decir que ha firmado una nueva gran película. No nos equivoquemos: no es una obra maestra, pero es fiel a su estilo. Con un universo particular, abusando del fantástico (me encanta) cuenta la historia de como el Dr. Parnassus, un viejo que en su juventud pactó con el diablo por la vida eterna, recibe la visita del Rey del Averno (interpretado de forma magistral por Tom Waits) para reclamar su parte del trato. Casi todo lo que se puede decir de esta película se resume en que a quien le guste el universo Gilliam le gustará y a quien no, no le va a gustar nada. En ciertos momentos recuerda a Tim Burton, incluso con su oscuridad, pero no hay que olvidar que Brazil ya era oscura. Gilliam es un autor y su firma se nota. Además. alegra encontrarse con momentos cómicos cien por cien Monty Phyton y reir (y sonreir) al tiempo que te das cuenta que la llama de su absurdo humor inglés sigue activa. Teniendo en cuenta las dificultades con las que la película se llevó a cabo (Heath Ledger murió en medio del rodaje), Gilliam ha aprobado con nota y ha contado la historia sustituyendo su personaje protagonista por cuatro caras distintas (Johnny Depp, Jude Low y Collin Farrell) que se infiltran dentro del metraje de forma justificadísima y sin que parezca un pegote en el guión.



Y aquí finalizó para mi la 57ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián esperando poder volver algún día y disfrutar del cine (y su ambiente) que la ciudad vasca recoge durante toda la semana. Inolvidable.

viernes 2 de octubre de 2009

Crónica del 57º Festival Internacional de Cine de San Sebastián II

El segundo día en Donostia amanecía con la esperanza de poder ver alguna película que me golpease de alguna forma después de las decepcionantes cintas del día anterior (no se me malinterprete, Get Low no está mal, pero es un huevo sin sal).

La primera fue una de las "gordas" del festival: The limits of control, de Jim Jarmusch.

Probablemente, si hemos visto algo de Jarmusch anteriormente, no salgamos del todo decepcionados del cine porque ya sabemos qué es lo que vamos a ver. Se repite el esquema de muchas de sus películas: un hombre anda y recorre distintos paisajes buscando algo que, con toda probabilidad, nunca sabremos qué es. Y en esta vuelve a ser así.


A priori el cine de Jarmusch se parece mucho a ese cine que no me gusta pero por alguna extraña razón, las pocas películas que he visto del cineasta, me transmiten una serie de sensaciones que no me parecen del todo desagradables. La película puede tacharse de lenta, de aburrida e incluso de pretenciosa pero de lo que no se puede tachar es de ser vacía, sin contenido o carente de sentido. Es como una melodía de jazz, donde hay una linea melódica que va siendo repetida por distintos instrumentos. A veces parece que hay disonancia pero todo está calculado al milímetro. Cuando acabo de ver una película suya, ésta permanece en la retina -y la mente- durante bastante tiempo, intentando comprender y sacar jugo de cosas que, posiblemente, no tengan más del que ya le he podido sacar. Hay que dejarse llevar.


Jarmusch es un cineasta con un universo muy particular y una forma de ver las cosas muy personales. Sus películas nacen a partir de sus sentimientos, de sus filias, de sus fobias. Podríamos decir que es "el hermano fácil" de David Lynch y The limits of control, su Mulholland Drive (espero que esto no asuste al lector, el film es radicalmente distinto al de Lynch a la par que "comprensible").

Por la tarde tuve la suerte de ver una de las mejores películas que han pasado por el festival. Es una lástima que Màscares, de Elisabet Cabeza y Esteve Riambau, haya pasado tan desapercibida tanto para público como para crítica. Se trata de un documental que retrata el proceso de creación de un personaje por parte de un actor. Aquí, el actor, el inconmensurable Josep Maria Pou; el personaje a encarnar, nada más y nada menos, el gigantesco Orson Welles. Su contenido puede ser discutido, los métodos de Pou pueden ser más o menos infablibles (no olvidemos que "cada maestrillo tiene su librillo") pero lo que no podemos negar es que se trata de un testimonio único, una clase magistral de uno de los grandes actores de teatro y cine en España y su visionado debería ser obligatorio en toda escuela no sólo de interpretación sino también de cine o comunicación.



Pocas horas después iba a encontrarme con la gran película del festival: 3 dies amb la familia, de Mar Coll.
El film no competía en ninguna sección oficial del festival, formaba parte de la actividad paralela "Made in Spain", en la que se proyectaron destacados films españoles del último año. Aparecimos por allí por casualidad, invitados por la propia directora, y, desde luego, no pensaba encontrar una película así.

La debutante Coll firma una película sencilla, inteligente, sin artificios, bien escrita e interpretada, con madurez, realista. No cae en la clásica tendencia de intentar conseguir la lágrima de la forma más directa. Su película rebosa sentimientos, dramatismo, pero sin obviar las realidades de la vida misma que, a veces, en los momentos más tristes nos llegan a sonsacar una sonrisa. Los personajes están dibujados al milímetro, sin desvíarse en un sólo momento, desde la debutante Nausicaa Bonnin hasta el siempre excelente Eduard Fernández.


Una grandísima opera prima en la linea del cine de Cesc Gay o de la "nueva" nueva ola francesa -no confundir con nouvelle vague-. Espero -y deseo- para la directora un futuro cargado de éxitos a la altura de su primer film.

La última película del día fue la uruguaya Gigante, del argentino Adrian Biniez. Si con la anterior me llevaba una sorpresa con Gigante me sentí decepcionado. No es una mala película, es cierto, pero el hecho de venir avalada por tres premios en la Berlinale y de haber podido ver un trailer que dejaba sobre la mesa tantas espectativas, hace que pongas en un pedestal algo que finalmente termina por no estarlo.


Es interesante, es cómica, es tierna pero le falta un nosequé para captar con suficiente fuerza mi atención. La película, por lo que he comprobado, gustó (se llevó el premio Horizontes Latinos) pero a mi me supo a muy poco. Los personajes están bien construidos pero a veces parecen andar por unos caminos que, para llegar donde finalmente llevan, se me hacen largos y un pelín aburridos.

A favor debo decir que la película significó un golpe de aire fresco en medio de las proyecciones del festival. Nada que ver con lo visto anteriormente: aquí no hay mal rollo, no hay tristeza, no hay lágrimas, es cine de consumo fácil y eso se agradece después de ver varias películas que, pese ser interesantes, comienzan a saturarte las puertas de entrada al cerebro.

El tercer día fue más ligero, pero no por ello menos agradable. Les cuento en la tercera parte de la crónica.

sábado 26 de septiembre de 2009

Crónica del 57º Festival Internacional de Cine de San Sebastián I

Vengo de Donostia agotado pero con muy buenas sensaciones y con la alegría de haber podido asistir a la cita con el cine más prestigiosa a nivel nacional y también una de las más importantes a nivel internacional.
Como ya adelantaba en mi anterior post llegué con retraso al festival, perdiéndome algunas de sus perlas (¡Malditos Bastardos!, El lazo blanco, Taking Woodstock, El secreto de sus ojos, etc.) pero inmediatamente estuve dispuesto a tragarme todo el cine que se presentase ante mi y que fuera compatible con las entrevistas y otras tareas que debía realizar por allí.
No he podido ver la gran triunfadora City of life and death pero de entre todas ellas he podido disfrutar (o no) de Yo, también, cuyos actores se han llevado la Concha de Plata a la mejor interpretación masculina y femenina; la polémica La mujer sin piano, con la que Javier Rebollo ha recogido el premio a la mejor dirección entre el abucheo del público del Kursaal; o la uruguaya Gigante, mejor película en la sección Horizontes Latinos. A estas películas les acompañan otras ocho que aunque se hayan ido de vacío voy a comentar, de una forma u otra, en este y otros posts que dedicaré a hablar del festival.
Entrar en una sala de cine en un festival como éste significa que una extraña sensación recorra todo tu cuerpo diciéndote que el 90% de los presentes sabe más de cine que tu, convirtiéndote en un ser bastante ignorante. Más aun cuando te sientas y ves que en la fila de delante tienes a Carlos Boyero y justo a tu lado a Álex Gorina. Aun así, como en todas partes (bueno, no todas), la gente se calla cuando la luz se apaga y se mantiene en silencio durante toda la proyección. No hay tantas diferencias...


Get Low

La primera de las películas que pude visionar fue Get Low, de Aaron Schneider, cuyo mayor atractivo era su elenco capitaneado por Robert Duvall, Bill Murray y Sissy Spaceck. Los trailers son engañadores y si en el otro post decía que era un thriller con aires de western, me desdigo de mis palabras para calificar la película de drama simpático con aires de telefilm (sí, ya se que la etiqueta tiene valoraciones personales pero no se me ocurre otra forma de calificarla). El film arranca con cierto interés y su premisa es buena: Robert Duvall es un viejo con muchas leyendas -verdaderas y falsas- a sus espaldas que un día decide planear su propio funeral al que piensa asistir y revelar su verdadera historia. Después de saberlo todo en los primeros minutos, la película avanza sin más interés que ver actuar al personaje de Bill Murray en medio de una película en la que tanto él como el señor Duvall parecen preguntarse "¿Qué hago aquí?". Schneider conduce su (tele)film hacia el culebrón, intentado guardar un "secreto" que va a desvelar al final a modo de sorpresa sin darse cuenta de que su historia termina desembocando en lo previsible. Una película correcta, sin más, típica de tarde de domingo en Antena 3.

Get Low

Por la noche nos esperaba la gran mentira del festival: Los viajes del viento, de Ciro Guerra. Si con la anterior película maldecí los trailers, con esta me doy cuenta de que las sinopsis también son engañadoras (por algo hace mucho que dejé de leer sinopsis y ver trailers...). Dije que se trataba de un drama con un estilo cercano al documental musical. Pues, señores, ni drama ni documental (bueno, quizá en sus formas un poco...) ni musical. Es más, diría que ni siquiera hay estilo. La película cuenta cómo un cantor-acordeonista de prestigio (con cierto parecido al presidente de Cantabria) emprende un viaje para cumplir una promesa. En este periplo lo acompaña un ridículo jóven bastante cansino (éste se parece a Ronaldo), encarnado por un actor que no sabe actuar, con la intención de aprender a tocar como el maestro al que sigue. No hay más. Dos horas en las que el hombre rueda por desiertos colombianos con su acordeón y con el niño dándole la brasa. Se encuentra con ciertas situaciones que muestran la Colombia profunda (sin guerrilla, por cierto) y nos las filma como si estuviésemos viendo las fiestas patronales de nuestro pueblo grabadas por la televisión local. A la media hora de película hay una secuencia de exagerada duración en la que vemos un duelo de cantores-acordeonistas bastante insufrible y debería haber sido suficiente para echarnos de la sala, pero no fue así. Seguramente este cine tiene su público. Algunos dirán que es cinema-verité o incluso se inventarán un término para etiquetar la película pero, desde luego, yo no me encuentro entre el grupo de admiradores de este tipo de películas que, desde la sinceridad, me parecen una auténtica pérdida de tiempo y de dinero. Volviendo a la pensión imaginé a Ciro Guerra, al que en mi fantasía le puse un ridículo bigote, recogiendo un premio al tiempo que dice "a mi los premios me dan igual", emulando a un viejo conocido de este blog...

El presidente Revilla con su acordeón

Ronaldo de joven dando la brasa

Con esto me fui a dormir (demos gracias que no me dormí en la misma sala) pensando que Jim Jarmusch me esperaba a primera hora de la mañana. Fue con The Limits of Control cuando me di cuenta que debía ponerme las gafas de pasta con urgencia para disfrutar del festival, pero esto ya os lo contaré en la siguiente entrada.

jueves 17 de septiembre de 2009

57 Donostia Zinemaldia


En unos días partiré destino San Sebastián con motivo de la 57ª edición de su Festival Internacional de Cine. Parto con espectativas, por un lado; y con cierto disgusto, por otro.

Viajo disgustado porque llegaré a tierras vascas el lunes por la mañana, tres jornadas después de que el festival de su pistoletazo de salida con los ¡Malditos Bastardos! de Quentin Tarantino, la película que más me interesa del festival. Además, el arranque de la cita no es moco de pavo: además de lo último de Tarantino también estarán Whatever Works, de Woody Allen; Chloe, de Atom Egoyan; El baile de la victoria, de Fernando Trueba (preseleccionada para los Oscar por la Academia); El secreto de sus ojos, de J.J. Campanella; Taking Woodstock, de Ang Lee; Historia de un grupo de rock, de Juanma Bajo Ulloa; El lazo blanco, de Michael Haneke (Palma de oro en Cannes) o Yuki & Nina, de Nobuhiro Suwa e Hippolyte Girardot, entre otras muchas propuestas de igual o mayor interés. Todas ellas me las perderé. Snif.

Pero por detrás del disgusto aparecen las espectativas y la ilusión de poder ver otras propuestas que, a priori, parecen interesentes. De entre todas ya he subrayado algunas como imprescindibles: Get Low, de Aaron Schneider, un thriller con aires de western con Robert Duvall y Bill Murray encabezando el reparto; Los viajes del viento, de Ciro Guerra, un drama sobre un acordeonista con un estilo cercano al (documental) musical ; The Limits of Control, de Jim Jarmusch, estreno mundial del último film de uno de los indies americanos por excelencia; Un Prophète, de Jacques Audiard, sorpresa en la última edición de Cannes; Màscares, de Esteve Riambau y Elisabet Cabeza, codirigida por uno de los críticos más conocidos del país; Gigante, de Adrián Biniez, una comedia uruguaya cuyo trailer promete; La mujer sin piano, de Javier Rebollo, Carmen Machi dentro del particular universo Rebollo; Five Minutes of Heaven, de Oliver Hirschbiegel, un thriller del director de la intensa El experimento; When You're Strange, de Tom DiCillo, un documental musical sobre los Doors; Los condenados, de Isaki Lacuesta, el primer film puramente de ficción del director; Vengeance, de Johnnie To, duro thriller oriental; o El imaginario del Dr. Parnassus, de Terry Gilliam, película póstuma de Heath Ledger y fiel al estilo Gilliam.

En la maleta, a parte de ropa y víveres, no pueden faltar las dos gafas: las de pasta y las de cristales tintados. Me temo que voy a usar más las primeras que las segundas aunque teniendo a un ex-Monty Phyton, a un hongkonés amante de las pistolas y el rock de los Doors siempre hay esperanzas.

Sin embargo estoy convencido de que muchas de estas películas no las veré y, en cambio, caeré ante otras que me depararan emociones muy distintas a las que puedo esperar.

Le daré recuerdos de vuestra parte a Gandalf (Ian Mckellen), Premio Donostia en esta edición.

¡Nos vemos a la vuelta!

jueves 30 de julio de 2009

La estupidez del espectador medio

Cuando un enfermo por el cine acude a una sala a ver una película -sea la que sea- convierte su visita en todo un ritual. El simple hecho de acercarse a la sala, comprar las entradas y sentarse en su butaca -incómoda, muchas veces- en medio de la oscuridad hasta que el proyector comienza a girar, proyecta el film y se apaga tras los títulos de crédito, es casi un acto místico.

Sin embargo, muchas veces, se encuentra con el estúpido espectador medio que parece empeñado en arruinarle el ritual por culpa de su ignorancia.

Hay veces que nada más salir de casa ya sabe que hoy va a ser un día de esos en los que la guerrilla se ha atrincherado en la taquilla del cine. Pero él, desde la resistencia cinéfila, le debe hacer frente como buenamente pueda.

El cinéfilo es listo y acude a la sala, sin que le importe en absoluto, un rato antes de lo que lo haría en circunstancias normales y, una vez salvado sin problemas el primer escollo, se acomoda en su butaca en medio de una sala todavía vacía.

Diez minutos antes de comenzar la proyección comienza el degoteo de gente que poco a poco se hace más intenso. La sala va llenándose poco a poco de familias al completo. Padres que llevan a sus hijos a ver la última película de "dibujos" en medio del caluroso y aburrido verano. Grupos de jóvenes que creen ser mayores pero que siguen disfrutando con películas "para niños". Y, los más irritantes, gente a la que su estupidez no le permite acudir al cine más que para ver los tres o cuatro estrenos anuales de animación porque "son bonitas o graciosas."

Comienza la película y... los niños, niños son. Se pueden esperar comentarios, risas a destiempo e incluso emociones en forma de gritos hacia los protagonistas pero lo realmente grave ocurre cuando un adulto se comporta de forma más infantil que el niño. "Es porque la magia del film ha hecho florecer el niño que lleva dentro", dirán algunos. Pero no, amigos, probablemente es porque este personaje no forma parte de la fauna en la que se encuentra y termina ocurriendo lo mismo que pasa al soltar una piraña en el río Ebro.

Estos despreciables seres no forman parte siquiera de los dos grandes grupos de gente que, según un viejo compañero -que se cree blogger pero no bloggea-, existen en una sala de cine: los que les gusta el cine y los que les gusta ir al cine. Estos no saben comportarse en una sala de cine porque probablemente no lo sabrán hacer tampoco en el comedor de su propia casa. Son personajillos que creen que sus comentarios hacen gracia al resto de la sala y se dedican a explicar o ir descubriendo claves de la película en voz alta y normalmente fuera de tiempo.

Mientras, el cinéfilo, desde su butaca, sueña con levantarse y vaciar un revolver sobre ellos emulando a Harry el sucio; partirles por la mitad con una sierra eléctrica como Leatherface; acuchillarles como a Marion Crane en la ducha del Motel Bates; pero en cambio, se queda quieto en su butaca, disfrutando del espectáculo porque muchas veces se encuentra con maravillas tan bellas, fascinantes, ricas, tiernas, trepidantes -por decir solo unos adjetivos- como Up.